martes, 19 de mayo de 2015

¿HOMOSEXUALIDAD O REBELDÍA AL GÉNERO?





La lucha es ardua y no dudo, como en el caso del aborto, una vez que este cáncer consiga un órgano blando donde alojarse, crecerá y avanzará avasallantemente. Mientras, sigamos luchando.

La batalla por la legalización de matrimonios homosexuales, por su aceptación y enseñanza, de este llamado género, en aulas de clases, no se puede dar sin la enseñanza y el amor de Dios. Cualquier razonamiento y postura fuera de esta argumentación divina será fácilmente rebatida. Al final lo que hay que lograr son dos cosas (una de dos): 1) que las personas que apoyan la práctica homosexual como algo normal y válido se consigan frontalmente rebelándose contra la voluntad de Dios y la Iglesia o 2) que las personas que apoyan la práctica homosexual, su vida y derivados se confiesen que adoran a un Dios diferente, agudamente diferente, al revelado a los apóstoles y su Iglesia.

La Iglesia siempre ha defendido la conciencia. Esa a la que solo penetra Dios y el individuo, este último cuando se lo propone con seriedad. A esa conciencia es a la que le escribo, no al que impide su acceso a ella. Un padre de familia, una madre de familia, cuando viven el hermoso proceso de un embarazo, una de las ilusiones más compartidas es descubrir el sexo de su bebé, hombre o mujer. Hoy han querido separar sexo con género o identidad, concebido, este último erróneamente, lo que el ser humano DECIDE practicar. Esta separación entre naturaleza y función, es decir, para qué fuimos creados, es la perversidad más grande que se le quiere vender a la sociedad, insisto, fuera de la luz de la salvación y la fe. Porque un género no definido por su naturaleza le resta importancia al sentido creador de Dios en cada ser humano.

Lo segundo, muchos(as) levantan la bandera de defender los “derechos” de las personas que se definen homosexuales, bisexuales. Pero ¿cuántos desean tener hijos(as) así? Pareciera que nos gusta ser consoladores de terceros pero que esa situación jamás alcance nuestras vidas. ¿Usted cuando esperaba a su bebé anhelaba fuese homosexual? Ahí lo absurdo de pensar que si Dios te dio un varón o una hembra su identidad sexual fuese contraria a su naturaleza para hacerlo sufrir en una sociedad donde la homofobia no es el verdadero problema, es la salvación de las almas la que resulta el principal drama. Los padres juegan un papel VITAL en encajar el sexo con el género que le corresponda. No hablo de violencia, no hablo de ortodoxia, hablo de lógica natural y divina. Si usted quiere que su hijo(a) sea feliz enséñelo a ser feliz con lo que es, no con lo que el mundo le motive ser.

Lo tercero, la homofobia se nota con mayor fuerza en el mundo secular que en el ámbito religioso (salvo el islamismo), porque este mundo secular es el que introduce el amaneramiento u homosexualidad con personajes extravagantes en novelas, películas, el mundo del arte y la moda. Pareciera que ser homosexual es sinónimo de ser una sirena que anuncia presencia y exige que se aparte el resto para imponer su paso. Y en la homosexualidad hay dolor, hay seriedad, hay una realidad que se respeta y que pide ayuda, no como enfermedad, sino como un proceso de reencuentro con el alfarero que si te hizo zarcillo no fue para que te usen de pulsera.

Finalmente, porque la experiencia me dicta que artículos muy largo no motivan a ser leídos, la homofobia se supera con el amor de Dios que nos invita a todos a distanciarnos del ser jueces para ser amorosos aún en las diferencias. Un homosexual que se sienta orgulloso de ejercer su homosexual entra en el cinismo radical que evita a la gracia actuar, sanar y superar. Pero un heterosexual que señala, juzga y discrimina a quienes viven esta condición entra en el cinismo radical de crecerse superiores al resto. Al final, dice Jesús, en la eternidad, todos viviremos como ángeles. Ahí no habrá esposos, ni sexo, ni géneros; solo voluntad de amar a quien primero nos amó hasta el extremo. Dios los bendiga, nos vemos en la oración.

Lic. Luis Tarrazzi

domingo, 17 de mayo de 2015

ÚNICA SANTA CON DEFECTOS






La santidad, por definición es perfección. Si bien la santidad se construye con nuestras debilidades y caídas, esta se hace culmen y se alcanza a plenitud, luego de la muerte, con la entrada en el Reino de los Cielos donde “nada impuro puede entrar en él” (Apocalipsis 21,27).

No obstante es curioso que dos terceras partes (2/3) del cuerpo de aquella que nos ilumina y enseña las verdades salvíficas sean imperfectos. Un cuerpo llamado: Iglesia Católica.

Si tuviera que graficar esta idea imaginemos una cabeza que esté desprendida levemente del resto del cuerpo y que por ende, en un gran ejercicio imaginario, aún desde esa distancia es capaz de dirigir e ilustrar todos los movimientos de ese cuerpo imperfecto. Algo así como lo que nos regala el Sol aún en su distancia a los habitantes de la tierra: luz y calor.

Esta cabeza, inmaculada, perfecta, que guía, es Cristo Jesús. Cabeza que manda sobre un cuerpo imperfecto pero destinado a la perfección. La parte más inferior y alejada de la cabeza es la llamada Iglesia Militante, de la que por estar vivos formamos parte usted, amigo(a) lector(a) y yo. Es, por su ubicación la más distante y por su condición la más imperfecta, expuesta a la suciedad del mundo, que requiere tener una mirada ascendente pero que no siempre triunfa en sus propósitos. Como las piernas de un cuerpo, tropieza, a veces cae, pero su condición de cuerpo de Cristo la hace estar destinada a triunfar en la santidad, formar parte de esa alegría eterna.

Más hacia arriba, más cerca de la cabeza, está la Iglesia Purgante. Sus miembros salvados por la fe pero por no ser aún perfectos en la gracia, purifican las consecuencias de sus decisiones contrarias a la verdad. Estos, ahí, saben que en algún momento se unirán a plenitud con los que formarían parte de esa cabeza perfecta, el cuello por así decirlo, que es la Iglesia triunfante, la Iglesia de los perfectos en Jesús, con sus ángeles y sus santos.

Por eso resulta absurdo tomar como excusa la imperfección de la Iglesia y sus miembros para no seguir fieles a la doctrina cristiana católica. Absurdo porque en esta vida, en esta realidad, en esta inferior pero necesaria Iglesia Militante, jamás hallaremos la perfección plena hasta la parusía de nuestro salvador, su segunda y definitiva venida.

No es por perfecta que la Iglesia ha perseverado por más de dos mil años, es porque la voluntad de Dios en su hijo Jesucristo así lo ha querido cuando nos prometió que ni las fuerzas del infierno triunfarían ni triunfarán sobre ella. Es nuestra fidelidad a ciegas, nuestra fe a ciegas, nuestra esperanza en la verdad y en lo revelado en la palabra, la tradición y lo que el Espíritu Santo a bien nos siga inspirando, en torno a lo ya consumado en Cristo, lo que nos debe sostener hasta la eternidad, el fin último de nuestra existencia. Y eso incluye, sin ambigüedades, seguir fieles a la Iglesia, amándola y defendiéndola, sobre todo desde la oración, de las asechanzas del "león rugiente buscando a quien devorar" (1 Pedro 5,8)

El por qué existimos sí tiene una respuesta. La respuesta la dio San Agustín cuando dijo: “Señor nos hiciste para ti y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en ti”. Y como ensañaba la doctora Santa Catalina de Siena, el pasar por Cristo implica, necesariamente, pasar por la Iglesia, ya que como debemos comprender un ser solo puede tener un cuerpo, no dos, ni tres, ni cientos, ni miles.

Muchos se preguntarán: ¿cómo puede nuestro Dios hacerse parte de un cuerpo tan imperfecto siendo él la perfección pura, el amor puro, la verdad pura?, pues por la misma absurda razón, aún más irracional pero real, de que ese Dios haya decidido anonadarse a ser uno como nosotros, un hombre de carne y hueso. Nuestra tarea no es comprender las decisiones de Dios, sino aceptarlas y confiar siempre serán para el bien de lo que él decidió crear y amar. Dios los bendiga, nos vemos en la oración.

Lic. Luis Tarrazzi

lunes, 4 de mayo de 2015

DIOS NOS REGALÓ A HITLER, EL DEMONIO AL NAZISMO




 Dijo Don Bosco: “No hay jóvenes malos, hay jóvenes que no saben que pueden ser buenos y alguien tiene que decírselos.” Y es que cada vida, cada ser humano que es concebido en el vientre de una mujer, es un ser pensado por Dios, con potencial altísimo de pureza y con una misión por cumplir.

El terrible recuerdo que dejó el nazismo en la historia de la humanidad, en especial en la Alemania de mediados del siglo XX hace pensar, sin duda, que  la maldad que puede ejercer el hombre, en especial UN hombre, es casi ilimitada (si no fuera por el auxilio de Dios). Pero es injusto pensar que Hitler era una especia de anticristo, un ser concebido para el mal. Nada más alejado de la verdad que eso. Hitler se hizo malo, se fue construyendo en maldad en la medida que esa maldad FUE DEGUSTADA Y APOYADA por una sociedad que se identificaba con ese lenguaje de superioridad racial, de conquista. Lenguaje que también compró la sociedad norteamericana que menospreciaba a los negros, o la sociedad venezolana que compró el discurso de la lucha de clases.

El demonio sugiere, pero el hombre ejecuta. Y ese mal, sembrado en nuestros corazones, es capaz de hacer horrores, porque sencillamente nos alejamos de Dios, vivimos como si él no nos mirara, no nos juzgara, no existiera.

Hitler avanzó en una sociedad que se deleitaba con sus discursos. Y su ego creció hasta el punto en el cual no dudo él se debe haber sentido una deidad, un ser todopoderoso capaz de conquistar el planeta entero. Una sensación de Alejandro Magno con Napoleón Bonaparte, una aceptación de la tentación aquella narrada en el evangelio: “Todo esto te daré, si postrándote me adoras” (Mateo 4,9). Hitler avanzó en poder y maldad porque nadie le dijo que podía ser bueno, ningún profeta le advirtió de los peligros de los caminos que recorría o simplemente él se entregó al mal. Pero sin duda, Hitler fue el reflejo de su sociedad, no solo su líder. Fue seguramente la punta de ese Iceberg que hoy el mundo entero recuerda que horror.

Hitler fue, pero la sociedad sigue siendo. Hoy el Estado Islámico, el abuso de poder, la corrupción, el narcotráfico, la mentira, el sicariato, etc; nos sigue expresando que nosotros, las sociedades modernas, seguimos abrazando la propuesta de Satanás: “Todo esto te daré, si postrándote me adoras” (Mateo 4,9).

A Hitler nos lo regaló Dios pero nos lo arrebató el demonio y la sociedad que en su tiempo lo pudo corregir y no lo hizo. Pero ¿no es lo mismo que ocurre hoy con los miles de cristianos masacrados en el mundo y los países mirando para el piso o para el  techo?; ¿Qué expresión de Dios tienen hoy los políticos que NOSOTROS escogemos nos gobiernen?

Hitler tenía una misión pensada por Dios que sin duda jamás cumplió. La vida de Hitler no es diferente a la tuya o la mía. Porque al final en nosotros, en todos nosotros puede haber lo peor del demonio o lo mejor de Dios. Nosotros decidimos a quien servir, para quien trabajar, en qué eternidad deseamos estar. Dios los bendiga, nos vemos en la oración.

Lic. Luis Tarrazzi


lunes, 20 de abril de 2015

¿Y SI ME EQUIVOQUÉ DE FE?







La expresión “A mi manera” no solo nos invita a recordar las múltiples versiones musicales y sus artistas que la han interpretado; sino que hoy nos permite adaptarla a nuestro modo de entender y acercarnos a la fe.

Muchos buscamos fe, pero no necesariamente nos interesa obtener de ella formación en la verdad. Necesitamos aceptar la existencia de un dios, pero nos resistimos a profundizar mucho en torno a él. Debemos reconocer que el mundo nos capturó, a todos. Estamos envueltos en la Matrix del mundo y resistirse a ella hasta puede resultar peligroso.

Así cualquier fe que proponga patrones, que sancione conductas y que exija esfuerzos resulta automáticamente rechazada por nuestro ideal de vida. Podemos decir: “Ok que Dios exista, pero yo lo adapto a mi modo de ser”. Así, la Iglesia, en nuestro caso, la católica, estorba, se vuelve un recuerdo obsoleto de una época extinta, que persiste en mantener tradiciones y costumbres desfasadas con la realidad moderna.

Pero ni se trata de moda ni se trata de desfase, se trata de un nuevo dios que nos gobierna y que nos impone desde el cómo vestir hasta las  metas que debemos aspirar. Este dios tiene muchos rostros, en el dinero, el placer sexual, las drogas, la irreverencia a las normas, la tecnología, la música, el cine, etc. ¿Podemos negar que vivimos atrapados en esto? ¡Yo vivo atrapado en esto!. Esperando estrenos de películas, series, hits de artistas, buscando y analizando estrategias para obtener más dinero, atentos a los adelantos en telefonía, PC, Tables. El detalle es que seguimos insistiendo en llamarnos cristianos católicos. ¿Por qué?,  ¿por qué insistir en una fe en la que ya no creemos?, ¿por qué los esfuerzos están dirigidos en cambiarla, en transformar sus ideales (o doctrinas) para sentir una especia de sensación de triunfo sobre ella? La respuesta única es porque la verdad estorba a una conciencia perturbada. Porque el problema nuestro no es que sentimos estar en la fe equivocada, queremos ser católicos pero nos estorba su contenido, que no es capricho de hombres sino mandato divino. Queremos una torta  de queso pero que sepa a chocolate. Y así nos vemos luchando, no contra la Iglesia, sino contra la verdad misma, que es Jesús, contenida en ella como un tesoro salvífico.

Nosotros ya no pensamos en salvación, vida eterna. Pensamos en vida y punto. En vivir. El cielo es una suerte de realidad que obtendremos porque sí, ¿o es que hoy todos los que mueren no pensamos que van al cielo?; todo el que muere hoy decimos: “está en el cielo con Dios”

El cielo se vuelto un consuelo, un deseo, pero alejado del mérito de los que trabajaron arduamente, con privaciones y sacrificios, por alcanzarlo. No, no nos equivocamos de fe, sencillamente nunca hemos estado en ella. Los que la desprecian, los que la persiguen, los que se burlan, los que la ignoran, los que se inflan el pecho porque se sienten más santos que los santos, ninguno ha estado en la fe. Porque la fe apasiona, la fe es el hambre de conocer y aprender más, la fe, la verdadera fe, enamora, no decepciona, fortalece, disciplina, robustece el pensamiento, construye fidelidad, mejora el pensar, el hablar y el sentir, fomenta el desprecio a la mentira y se construye sobre la base de la verdad. No, no nos equivocamos de fe, realmente nunca hemos estado en ella. Dios los bendiga, nos vemos en la oración.

Lic. Luis Tarrazzi