Dicen que los amigos
se miden en los momentos difíciles, donde uno puede evaluar si se cuenta
realmente con las personas que se dicen amigas, o si nosotros lo somos para
aquellos que nos consideran sus amigos.
Una de las
revelaciones más hermosas que Jesús le hizo a sus discípulos fue cuando él les
dijo: “Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor;
pero os he llamado amigos, porque os he dado a conocer todo lo que he oído de
mi Padre” (Juan 15,15). La escritura no profundiza si alguno de sus apóstoles
le abrazó luego de escuchar esto y le dijo a Jesús: “Tú también eres un amigo
para nosotros” No sé si estas palabas de Jesús tendrían el impacto en ellos que
sin duda debería tener para cualquier ser humano a quien Dios le diga, “tú eres
mi amigo”. En los apóstoles, de hecho, yo diría que la comprensión del Jesús junto con ellos se hizo latente, real, luego
de pentecostés.
Jesús le dijo a un
hombre que quería seguirle, como advertencia, “Las zorras tienen madrigueras y
las aves del cielo nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde recostar la
cabeza”. (Mateo 8,20) y no es porque Jesús no conociera personas que
impresionadas con sus maravillas no hubiesen anhelado, como Zaqueo, que Jesús
pasara una noche, o una vida, en sus hogares; sino porque Jesús aclara su misión
y desapego a un mundo que si bien él lo creó, no es el destino final ni morada
de su grandeza.
El momento de la
prueba llegó. Y cuando Jesús es apresado, nos cuenta la sagrada escritura,
todos, absolutamente todos huyeron. Pedro se arriesgó más al resistirse con
violencia a aquel arresto injusto, cuando cortó la oreja de Malco, pero al final,
pienso fue el que más hirió el corazón de ese que le llamó amigo con su
negación reiterada concluida con el canto de un gallo que era el único testigo
de su desprecio.
Los amigos de Jesús surgieron
años y siglos después. Paradójico pero cierto. El martirio fue la mayor
expresión de amor dada a Jesús, porque su concepto de amistad estaba claramente
definido con su extrema manera de pensar: “No hay amor más
grande que dar la vida por los amigos” (Juan 15,13). Todos sus discípulos se
convirtieron en sus amigos, todos los que fueron conociendo su mensaje y
aceptándolo como salvador aceptaron dar la vida por el evangelio.
Yo no reflexionaré si nosotros tenemos amigos
así. Me gustaría profundizar cómo somos nosotros como amigos. Porque un amigo
más allá de ser ese con quien podemos desahogarnos, que nos entiende, que nos
da hospedaje y comida, es el que unido al amor de Jesús y su verdad, nos
confronta con nuestros errores y, porque nos ama, nos dice: “si sigues por ese
camino expones tu salvación y tu dignidad”.
Cuando nos buscan como amigos para confesarnos
relaciones amorosas extramatrimoniales, o actos de corrupción, soborno, o
atentan y se burlan de nuestra fe, ¿cómo reaccionamos?, ¿cómo amigos de Dios o
amigos del mundo?
Amistad es valentía en la verdad y Cristo es
verdad. Quizás debemos meditar que no basta conocer a Jesús para llamarnos sus
amigos, porque muchas personas le conocieron y lo buscaban por interés, por curiosidad. Pero hasta que no vivamos nuestro
pentecostés seguiremos oyendo sin escuchar, viendo sin observar, viviendo sin
amistad. Dios les bendiga, nos vemos en la oración
Lic. Luis Tarrazzi
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